Cuando una hormiga cae muerta transcurren alrededor de 48 horas hasta que una compañera recoge su cadáver, lo carga y lo transporta hasta el hormiguero. Si uno ha observado alguna vez el comportamiento de estos insectos, recordará la imagen de una hormiga transportando el cuerpo de una compañera y tratando de introducirlo en el agujero. Ninguna hormiga muerta se queda sin recoger.
Desde hace muchos años, los biólogos saben que las hormigas son unas recicladoras consumadas y que almacenan los cuerpos de los fallecidos en unos receptáculos especiales, donde se descomponen y generan nitrógeno para la comunidad. Pero ¿cómo reconocen las hormigas a sus compañeras muertas?
El entomólogo estadounidense Edward O. Wilson se fijó en esta circunstancia mientras estudiaba la comunicación de estos insectos. Tal y como relata él mismo, pensó que las hormigas debían de emitir alguna señal para decir “ESTOY MUERTA” y que las demás compañeras pasaran a encargarse de los trámites “funerarios”. Y así fue como descubrió que el secreto estaba en el ácido oleico.
Al cabo de las primeras 48 horas, el cuerpo de la hormiga muerta comienza a expeler esta sustancia hasta que el resto de la comunidad la detecta y emprende las labores de recuperación del cadáver. La señal química es tan poderosa que, cuando Wilson roció con este ácido a una hormiga viva, sus propias compañeras la atraparon con sus mandíbulas y la condujeron una y otra vez al cementerio, pese a sus vanos intentos de oposición.
El mecanismo convierte a las hormigas en máquinas ciegas y obstinadas, hasta el punto de que si uno rocía con ácido oleico un palito o cualquier otro objeto, la primera hormiga que pase por el lugar lo atrapará entre sus mandíbulas y tratará de conducirlo al hormiguero a toda velocidad sin hacerse más preguntas.
He leído una noticia que me ha sorprendido bastante. Se trata de un coche que se mueve mediante Aire Comprimido.
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En febrero de 1891, el buque Estrella de Oriente estaba faenando cerca de las Malvinas cuando la tripulación divisó un cachalote. Dos botes se lanzaron a capturar el monstruo. Un arpón mal encaramado hizo zozobrar un bote. Volviendo a la nave la tripulación se dió cuenta faltaba un marinero, James Bartley. Tras una intensa búsqueda se le dió por desaparecido.
El cachalote consiguió al final escapar de las acometidas de los marineros, pero había sido herido de muerte. Al día siguiente apareció flotando e inerte, y cuando empezaron a descuartizar al animal, Según M. de Parville, editor del Journal des Debats, escrito en París en 1914:
“De repente, los marineros se asustaron por los espasmos que daba el estómago del animal. Había algo que daba señales de vida. En el interior se encontró incosciente al marinero James Bartley. Fue colocado en la cubierta y tratado con baños de agua de mar hasta que despertó…”
Las declaraciones de Bartley tras su completa recuperación fueron sorprendentes:
“Me percaté de que me tragaba una ballena [...] Me rodeaba un muro de carne [...] De pronto me encontré en un saco mucho mayor que mi cuerpo, pero completamente a oscuras. Palpé mi entorno y toqué a diversos peces. Algunos parecían estar vivos pues se escabullían por entre mis dedos [...] Sentí un fuerte dolor de cabeza y mi respiración se hacía muy difícil. Al mismo tiempo sentía un calor que me consumía. Un calor que iba en aumento. En todo momento estuve convencido de que iba a morir en el estómago de la ballena. El tormento era irresistible y el silencio allí era absoluto. Intenté incorporarme, mover los brazos, las piernas, chillar. Pero me resultaba imposible, sin embargo mis ideas estaban perfectamente claras y la comprensión de mi situación era plena. Por fin, gracias a Dios, perdí el conocimiento”
El pigmeo Ota Benga fue capturado en 1904 por un investigador evolucionista en el Congo.
Benga fue llevado a Norteamérica encadenado y en una jaula, donde los científicos evolucionistas lo exhibieron al público en la Feria Mundial de San Luis junto a una especie de monos, y lo presentaron como el "eslabón transitorio más cercano al ser humano".
Dos años después llevaron al pigmeo al Zoológico del Bronx en Nueva York, donde junto a cuatro chimpancés, un gorila llamado Dinah y un orangután llamado Dojung, fue exhibido bajo la denominación de "antiguo ancestro del ser humano".
El Dr. William T. Hornaday, evolucionista y director del zoológico, pronunció largas disertaciones respecto a lo orgulloso que estaba de tener esa "forma transitoria" excepcional, a quien trataba como si se tratase de un animal cualquiera.