Con anterioridad a la aparición de las armas de fuego (s.XVI), las ballestas fueron el arma preferida para la caza cinegética y la “caza defensiva” contra lobos y otras alimañas.
Lo cierto es que aunque en la Edad Media era el “arma de moda”, las cacerías con ballesta nunca supusieron una merma apreciable de los efectivos lobunos debido a la poca efectividad de las mismas. Su complejidad a la hora de armarlas les restaba anticipación, sobre todo cuando fueron ganando peso al construirse con materiales metálicos. Algunas reglamentaciones concejíles nombran estas armas entre sus disposiciones dir
igidas al ejército cinegético. Es el caso de Cartaya (Huelva) cuyas ordenanzas nos hablan de la caza del jabalí con ballesta en el siglo XVI (Quintanilla Raso, 1986).
Su recuerdo ha pervivido en la toponimia de algunas localidades de Andalucía y del resto de España. Es el caso de El Real de la Jara (Sevilla), en cuyo término encontramos la Hoya de los Ballesteros; Espiel (Córdoba), donde encontramos la Mina de la Ballesta; La ballesta (Córdoba); San Sebastián de los BallesterosBallesteros de Calatrava (Ciudad Real). En el escudo de estos pueblos aparece una ballesta del mismo tipo que se emplearon en lobos. Si bien el escudo del pueblo de Catral (Valencia), en el que están representados tanto una ballesta como dos lobos.

Quizás por la falta de practicidad de las ballestas las puntas metálicas de las saetas o jaras (llamadas así porque primitivamente estas plantas eran usadas para su realización) se emponzoñaban con determinadas yerbas venenosas. Por este motivo algunas plantas comenzaron a ser conocidas con el nombre de yerbas ballesteras. Estas yerbas gozaron durante la Edad Media de una importancia bélica sobresaliente. De hecho el término tóxico no es más que una reminiscencia actual del uso cinegético y militar que tradicionalmente han tenido algunas de estas plantas desde la Antigüedad, al provenir del griego Toelkov, que quiere decir arco. Incluso los propios castillos eran construidos en lugar donde estas plantas resultaban abundantes para así poderlas recolectar con mayor facilidad y presteza. (Córdoba); o


Según el Duque de Almazán (De Mariátegui, 1981), en la Península Ibérica se emplearon fundamentalmente dos tipos de yerbas. La denominación morisca, muy abundante en las montañas orientales ibérica y que Valverde (Teruelo y Valverde, 1992) identifica como eléboro fétido (Helleborus foetidus), era la yerba que los musulmanes usaban en Al-Andalus para emponzoñar sus saetas. Mientras, los cristianos emplearon el eléboro blanco o Vedegambre (Veratrum album), la yerba ballestera por excelencia, que se encuentra ampliamente distribuida por el centro y norte peninsular. También se conoce con el nombre de ballestera (Helleborus viridis, Phlomis herva-venti).
Aparte de su uso guerrero, las saetas enarboladas fueron empleadas para la caza del lobo en particular por los monteros reales, también llamados ballesteros de monte, siendo conocidas desde la Antigüedad con el sugestivo nombre de yerbas loberas. De la utilización de las mismas para la caza del cánido da fe Hurtado de Mendoza (1990) a mediados del siglo XVI en su obra Guerra de Granada:
“Otra (saeta envenenada) se hace en las montañas nevadas de Granada de la misma manera, pero de la yerba que los moros dicen regaljar, nosotros yerba, los romanos y griegos acónitos, y porque mata lobos, lycoctonos”.
Su utilización indiscriminada desembocó en infinidad de desgracias humanas. Desde finales del siglo XV concejos como el de Écija prohibió el empleo de ballestas armadas contra los lobos, amén de los cepos y alzapiés, para evitar daños al ganado y a las propias personas (Martín Ojeda, 1990):
“E que no los maten con alÇapies ni Çepos ni vallestas armadas en el campo, so pena de mil maravedís, el terÇio para el acusador e el tercio para el juez que lo sentenÇiare a la otra terÇia parte para las obras públicas”.

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