joomla templates

Acabape Asociación de Caza con Ballesta y Aire del Perú

Inicio - Temas - Articulos. - Caza deportiva - El venado del algarrobal
A+ R A-

El venado del algarrobal

E-mail Imprimir PDF
Los ciervos de cola blanca del Perú, primos hermanos del famoso Odocoileo Virginiano, son uno de los cérvidos más hermosos del mundo, mientras que la batida es una forma de cacería poco común. 
338929
El cola blanca en el lugar que fuera abatido. En el centro Oscar Alavarado, junto a los primos Estela.
En la vida de todo cazador existen cazadores, cacerías y trofeos que son recordados con especial afecto, por los que se guarda un gran cariño y respeto.
Desde pequeño, a los siete años ya sabia que los fines de semana eran para estar en el campo de cacería, en busca de un ciervo de cola blanca, alejándome de la urbe y de cualquier tipo de distracción. Aquellos días en que compartiendo la comida hecha a leña sobre el fogón del campamento, alrededor del cual los mayores planeaban la estrategia de caza del día siguiente tenían un fuerte impacto sobre mi persona, y recuerdo las noches sin poder dormir, esperando a que el amanecer me trajera aquellas aventuras con las que tenía fantasías, y que era mejor que cualquier cosa en el mundo que me pudieran ofrecer.
En esos años tuve la suerte de compartir jornadas cerca de grandes cazadores,
todos ellos compañeros de mi padre, observando las cualidades de cada uno, los que me dejaron las mejores enseñanzas, y que aún tienen en mi memoria la talla de "ídolos".
Se llamaban a sí mismo "Los cazadores de la Quebrada de la Montería", gente de campo todos ellos, pertenecientes al distrito de Pampa Grande, Provincia de Chiclayo, al norte del Perú.
Muchos de ellos ya no están, y los que quedan han colgado sus armas, pero viven del recuerdo de sus aventuras y del placer de ver a sus seguidores, los hijos de aquellos hombres, partir de cacería. Talvez sea como volver a partir como en aquellos días de su juventud.
La Quebrada de la Montería, donde tuvieron lugar esas experiencias, es mi segundo hogar, refugio en los momentos difíciles y de reflexión. Hoy, pisando los 30 años, me doy cuenta de lo rápido que han pasado esos 23 que llevo tras los ciervos del lugar. Entre las más de 50 cabezas abatidas tengo grandes recuerdos, como éste, al que me referiré entre ellos. El episodio transcurrió hace solo unos pocas años atrás, al comienzo del milenio, cuando junto a mi primo César decidimos salir a conocer nuevos lugares, tratando de imponer nuestro estilo de caza, la batida.
Cazar en ésta forma no es sencillo, pues sí en ella participan cazadores que desconocen el método o el terreno todo puede terminar en el fracaso. Sin embargo, la sorpresa que nos llevamos en esa salida, formado por un grupo de cazadores desconocidos entre sí fue grande, y espero que sea de vuestro agrado, tal cual lo fue para aquellos batidores.
EL ALGARROBAL DE BATAN GRANDE.
No en todas partes se caza de la misma forma, y la batida no es un método muy común.
No al menos entre Henry y Adrián Estela, dos cazadores de la zona de Batán Grande, y primos entre sí, que toda su vida cazaron apostados sobre aguadas, con sus escopetas del 16.
Henry, que alguna vez había cazado en batida invitado por nosotros estaba familiarizado con el método y sabía que el mismo era eficiente. No así Adrián, que además como buen hombre de campo era desconfiado de cualquier cosa que no conociese.
La invitación para cazar en su terruño un ciervo particularmente grande y esquivo como ninguno, de esos que hacen leyenda, llegó de su parte, de modo que como anfitriones y verdaderos conocedores del lugar les correspondía determinar la forma y lugar de caza, responsabilidad que recayó sobre Adrián.
El viernes por la noche arribamos mi padre, Hugo, mi primo César y yo, y mientras cenábamos con los anfitriones nos dijeron que al otro día cazaríamos al acecho sobre agudas que los animales estaban visitando según las huellas encontradas. Siendo invitados sólo podíamos acceder, a pesar d que César y yo deseábamos salir a batir, pase a lo cual no dijimos nada.
El sábado fue un día largo, pero sin que ninguno de los seis participantes tuviésemos ni siquiera la oportunidad de ver un animal. Aquella noche, durante la cena planeando la estrategia para el domingo, y último día de cacería, logramos convencer a Adrián de realizar una batida entre los cuatro primos, ya que mi padre y Hugo decidieron probar suerte una vez más apostados.
Los Estela, conocedores del lugar harían batidores, mientras que César y yo cerraríamos la trampa apostándonos en las zonas altas, aquélla hacia dónde siempre había huido el "monstruo" cada vez que Adrián había logrado avistarlo.
Sí bien el día anterior había visto algo del terreno, como para formarme una idea del mismo, no podía estar seguro de que la zona para colocar los puestos de cierre que había escogido fuese la correcta, pero tenía un pálpito que así sería.
Mientras le indicaba a Adrián como deseaba que recorriesen el campo en su batida, y que zonas cerrasen en su avanzar, noté que el hombre no demostraba estar muy convencido d lo que haríamos, o de mi conocimiento y autoridad al respecto. Pero igual se comprometió a hacerlo. Con Henry habíamos cazado antes juntos y era otra cosa, pero no era el momento para ponerse a contar cuentos y se quedó callado.
Era el amanecer de un cinco de mayo del 2002, despertamos más temprano que de costumbre. El cuerpo un poco dolorido por la falta de colchón dentro de la carpa, que unido al cansancio de la caminata del día anterior y el frío de la madrugada nos hizo remolonear un poco antes de emprender la partida en ese día memorable, pero luego de desayunar, revisar y cargar los pertrechos necesarios partimos en dos grupos.
Pero la pereza no era tanta, ya que estábamos haciendo lo que nos gustaba más en el mundo. De acuerdo a lo pactado y planeado el día anterior junto al fogón del campamento, formaríamos dos grupos para tener mayores posibilidades.
El primero formado por mi amigo Hugo Rodríguez y mi padre, Oscar Alvarado Silva, ambos con sendas carabinas .308, que se apostarían al acecho en unos bebederos. Hugo, un buen rastreador, tiene su estilo propio de caza, el cual se basa en rastrear al animal desde un abrevadero hasta darle alcance, aunque ese día se mantendría apostado. Por el otro lado los cuatro primos batiríamos.
Fue así que luego del desayuno, con linterna en mano, aún en la oscuridad nos separamos deseándonos suerte.
La es un trabajo de un grupo bien organizado y dirigido, que en forma conjunta y sincronizada lucha por un sólo objetivo, y donde no se utilizan perros. El trabajo de levantar a las presas es realizado por cazadores especializados en ello, que son los que dirigen a los animales hacia aquellos que esperan apostados en cruces y senderos claves. En la organización de estas cacerías, el conocimiento del terreno y de las rutas de escape de los animales es fundamental.
La cacería termina cuando todos los cazadores llegan junto al o los cazadores que tuvieron el honor de abatir las reses, y se felicitan mutuamente ya que lo cobrado es el fruto del trabajo de todos, y de ninguna manera del matador.
LA PARTIDA.
Una hora después de haber dejado el campamento comenzó a amanecer.
El lugar hacia donde nos dirigíamos estaba un tanto retirado de nuestra base, pero el afán por llegar era tanto de manera que se convirtió en nuestra única meta, ya que la noche anterior Henry y Adrián nos habían hablado hasta cansarse del famoso ciervo.
Según Adrián, que era el que se lo había topado varias veces, sin que en ninguna de ellas el animal le diese chance alguna, el macho rondaría los 80 kilogramos, esto es unos 30 por encima de los animales promedio de la Quebrada de la Montería. Sí esto era así, el bendito tenía que ser algo digno de ver.
A nuestro favor contábamos con que el animal siempre había huido en la misma dirección, y en ese dato basé toda mi estrategia.
Después de dos horas y media de bregar cuesta arriba por fin estuvimos frente a las montañas donde realizaríamos la cacería. La belleza del bosque seco ecuatorial con su característica vegetación constituida por sus cactáceas y por árboles como el palo santo, arbustos de bichayo, ramas de papelillo, matorrales de zapote y chopes le daban al lugar el toque de misterio y sorpresa que sólo esos bosques saben tener.
¡Sí señor, que placer! Allí no estábamos en un coto, ni en una finca, con ciervos criados ni cuidados por nadie para escoger. Aquí el cazador es un aventurero que se lanza a explorar campos abiertos, donde el hombre sólo llega por cacería, y el resultado de la misma es un albur. Nada de resultados garantidos, de los buenos ni de los otros, ya que uno puede cruzarse repentinamente con un puma cuando mientras se está tras el venado, y viceversa, donde puede fallar la mejor estrategia y planificación a pesar del esfuerzo que se haga, producto de la astucia de esos animales salvajes, dueños del lugar.
Aquí cualquier cosa puede suceder y muchas veces el cazador regresa sin haber visto siquiera a su presa, sabiendo que estaba allí, pero satisfecho de haber vivido una jornada de verdadera caza, al lado de compañeros que con el tiempo se convierten en hermanos a fuerza de compartir fogatas, historias y campamentos, y de múltiples amaneceres vividos en camaradería.
Luego de unos minutos en la zona escogida para comenzar la batida, y con el entusiasmo al tope, planificamos la estrategia a seguir. Adrián, conocedor de la zona, me explicó hacia adonde corría ese macho en las oportunidades que pudo verlo.
Desde dónde estábamos parados era evidente que la distancia de tiro era el problema, y que para la misma su escopeta quedaba corta. En el pasado lo único que pudo hacer fue quedarse con la imagen del poderoso animal mientras se alejaba por medio de la maleza como un fantasma.
EL CIERRE DE LA MANCHA.
Mientras mirábamos el campo y planificábamos con Adrián se hizo evidente de que el hombre no confiaba en lo que haríamos, pero ya estaba comprometido.
En éste tipo de cacería el área a batir se denomina mancha, y el cierre correcto de la misma es critico, ya que del mismo depende porder impedir el escape de las presas.
Nos encontrábamos cerca al impresionante cerro Chaparrí, actualmente destinado como aérea de reserva natural para el oso andino, y rápidamente los dos primos nos indicaron por donde podíamos subir para apostarnos. El resto correría por cuenta nuestra, esto es hallar en pocos minutos el lugar adecuado para armar la emboscada y cortarle el paso al fugitivo.
La ubicación a escoger no podía fallar, ya que si el venado estaba esa mañana en el área de batida, lo único que nos podíamos permitirnos era fallar en el cierre. Sí bien no es fácil cubrir con dos puestos un área de tiro tan grande, deberíamos hacer lo mejor.
En estas ocasiones, cuando el animal es empujado suavemente fuera de su zona de encame por un intruso, puede optar por tomar cualquier sendero, pero siempre con la tendencia de dirigirse hacía las partes altas con quebradas pequeñas, buena vegetación y con zanjones pequeños que le permitan colarse fuera del cerco sin ser detectado. En estas condiciones el hábitat, que tan bien conoce, le da todas las ventajas para eludir al mejor cazador, que debe de ser rápido y certero.
Ya con César en el lugar escogido para cerrar la trampa, y después de un rato de observar el lugar, los senderos y las posibles rutas de escape, tomé la primera posición era una área amplia, con buenas canchas de tiro, perfecta para el alcance de mi carabina. César con su 16 tomaría una posición más elevada, entre la mía y la zona hacia la cual considerábamos que el ciervo trataría de alcanzar para esconderse. y en caso de que el animal me rebasase poder tener opción al remate a corta distancia.
Busqué un lugar desde el cual podía cubrir los senderos a ambos lados hasta una distancia de 200 metros. Eso me daba la posibilidad, y la esperanza, de que si ciervo tomaba cualquier camino en mi dirección tendría oportunidad de verlo pasar desde mi puesto. Me paré sobre una piedra viendo como mi primo se alejaba hacia arriba para tomar un puesto cerca de los senderos.
No habíamos tardado más de 45 minutos en alcanzar nuestro puesto y ubicarnos, y entonces comenzó la batida. El sol comenzaba a salir, y con buena luz pudimos ver que por las lluvias el pasto estaba verde y alto, lo que dificultaría un poco los disparos, para ya estábamos allí y no nos íbamos a mover.
Luego de haber permanecido por unos minutos en mi ubicación, ansioso cambié de lugar pero fue inútil, puesto que tenía menos visibilidad que antes, regresando al sitio original. Por momentos muchas dudas asaltaron mi mente.
Quizás el ciervo no pasase esa mañana por donde nosotros pensábamos emboscarlo. Lo único que me alentaba eran las frescas encontradas en la parte baja del cerro y las indicaciones de Adía?n sobre la dirección de fuga del mismo, pero eso no era mucho, no como para lo asegurar lo que estaba en juego: nuestra credibilidad ante Adrián. ¿Que pasaría?
En realidad nadie lo sabía, y solamente era cuestión de esperar. Con mucha paciencia y el .243 Winchester listo en mis manos miraba concentrado hacía todos los senderos que con el arma podía cubrir. Sin hacer ruido, con la respiración tranquila miré el reloj. Ya había transcurrido casi una hora, y aún no había señales del animal.
COMIENZA LA CACERÍA.
Repentinamente un ruido en el monte hizo que en mis venas se elevara la adrenalina en forma violenta.
Escuchaba el ruido de las ramas al ser golpeadas por un animal avanzando con prisa presumiblemente grande por el ruido que hacía al apartándolos con su andar presuroso de animal asustado, pero seguro de sí que frente a él el terreno estaba despejado y seguro.
En un momento dado lo vi saltar a unos 60 metros de mi. Su belleza y agilidad me impresionaron, y pensé, que Adrián tenía razón en su cálculo, y que no había exagerado.
Todo sucedió muy rápido, y la emoción que me embargó era inexplicable, y no pude controlarla. Rápidamente el animal ganó mis espaldas rebasándome por la derecha, saltando a gran velocidad y pronto había pasado por detrás de mi.
Tan solo atiné a girar hacia la izquierda, para poder levantar el arma. El movimiento le llamó la atención, ya que no me había visto, y se detuvo para mirarme. Un error tonto, quizás producto de su sorpresa. En fracciones de segundo encaré al arma en su dirección, y apuntando instintivamente le disparé. El estampido rompió el silencio de la mañana.
Luego de aquel fugaz instante sentí como si empezara a desinflarme. Acerrojé el arma como para reponer el cartucho servido mientras el silencio volvía a cubrir el lugar con su manto de soledad.
De lo ocurrido inmediatamente después del disparo no había podido apreciar sí el animal había caído en el lugar, ya que la hierba estaba alta. Luego me di cuenta de que no era así, pues el ruido continuó entre los matarroles, como yendo hacia arriba.
Me calmé, y respirando profundamente caminé hacía donde lo había visto perderse, a unos 50 metros de mi, pero allí no había nada. Busqué un rato por los alrededores pero no vi nada que me indicase que había hecho impacto.
La tristeza se adueñó de mí. Convencido de haber errado y de que ya no tendría una oportunidad igual volvía mi puesto. En mi mente podía imaginar la cara de los otros tres cuando llegasen hasta mí, su desilusión.
Era domingo, y la cacería podía darse por terminada. Será para la próxima vez pensé, y mi único consuelo consistió en aceptar que el hermoso ciervo me había superado, y que por lo tanto merecía vivir.
TRANQUILIZARSE, PENSAR.
338935Mis pensamientos eran negativos. Sabía que debía tranquilizarme y reveer toda la situación, desde el segundo antes del disparo.
Comparado a sus primos, los ciervos cola blanca de la zona de Shaskatchewan (Canadá), estos animales oriundos de las regiones cercanas al trópico son mucho más pequeños.
Afortunadamente logré reponer logrando olvidar esos pensamientos, y mirando nuevamente hacia el lugar me encaminé hacia el mismo. Con más tranquilidad ya, luego de haber aceptado la posibilidad de haber fallado, busqué algún indicio.
Me dije que tenía que rastrear con tranquilidad, y comencé a hacerlo. Busqué el rastro de entrada hasta hallarlo y comencé a seguirlo. En un momento dado las huellas cambiaron bruscamente de la dirección original. ¿Me pregunté sí sería producto del susto al verme o por el impacto, pero no había forma de saberlo. Seguí adelante, identificando cada una con sumo cuidado, hasta que de pronto apareció la primera gota de sangre. Esa pequeña mancha sobre el sendero me devolvió la fe en mi. ¡Sabía que estaba herido, y podía probarlo!
Continué rastreando con el arma pronta para el remate mientras seguía el hilo de sangre. Algo me decía que el final no estaba lejos ya. Así fue. Yacía tendido con un disparo en a paleta, que no había alcanzado a perforarlo de lado a lado, ya que el proyectil quedó alojado debajo de la piel.
En total había recorrido unos 30 metros desde el lugar donde recibió el disparo, lo cual posteriormente me extrañó, ya que la bala había afectado la columna vertebral en su trayectoria. Probablemente debido a eso, a la perdida de la coordinación motora que se apartó bruscamente de su trayecto original.
Lentamente me senté junto al animal, y un sentimiento ambiguo, mezcla de nostalgia y alegría se apoderó de mi.
El bullicio de los muchachos se escuchaba a lo lejos, y desde donde estaba podía notar la confianza de Henry en el disparo. Los tres estaban parados a unos 200 metros. en la parte alta, llamándome, queriendo saber. Para hacerles una broma les di a entender que no había habido suerte.
Con dudas llegaron hasta el lugar. Cuando les mostré el trofeo la algarabía fue infernal. Nos abrazamos todos. El triunfo era del grupo, no del matador, y así o entendíamos todos.
Ahora venía lo más difícil, cargar el trofeo y bajarlo hasta el campamento, algo que no fue nada sencillo, pues nuestra pieza al llegar fue pesada en la balanza romana acusando 83 kilogramos. Sí, Adrián no nos había exagerado.
Aquel domingo quedó en la mente y en el corazón de cada uno de nosotros. Tanto mi primo como yo sentíamos que habíamos conquistado un nuevo campo, hecho nuevos amigos. Lo más curioso de la jornada fue que Adrián, que nunca había creído en nosotros, ya que por nuestra corta edad se le hacía difícil aceptarnos como expertos cazadores de venados, convirtió su descrédito en admiración y respeto, y así nos lo dio a entender.
Oscar Alvarado Perinango
Comentarios (0)Add Comment

Escribir comentario

security code
Escribe los caracteres de la imagen


busy

Login

Accede con Facebook