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Capitulo 3: Confesión

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CONFESION

Yo tengo y mantengo dos amantes, queridas o como se les quiera llamar, las conocí cuando era un adolescente, casi un niño y nunca las dejé de querer. He compartido mi pasión por ellas desde entonces y aunque lo intenté, nunca las pude dejar de ver y querer. Eventualmente las he reemplazado por otras mas jóvenes y bellas o simplemente mas modernas y con mejor “tecnología”. Algunas se las di a los amigos a cambio de algún dinero y otras a mi hijo, para que las conozca y se entusiasme.

A una la veo casi todas las semanas, pero a la otra la quiero más, y sólo salgo con ella cuando tengo más tiempo y nos podemos ir de viaje o por el fin de semana. Incluso me la he llevado al extranjero. Es muy exigente físicamente hablando, y cuando era mas joven no tenía problemas, pero ahora estoy pensando seriamente en dejarla o en cambiarla por una más ágil, delgada y liviana que me coquetea hace algún tiempo.

Es tanta mi pasión por ellas que muchas veces dejé los estudios, el trabajo o la familia por salir a dar una vuelta, pero eso si, casi nunca con las dos al mismo tiempo. Aunque no son celosas y personalmente disfruto mucho más cuando ambas me acompañan, pero no siempre es posible. Cuando me casé mi esposa ya las conocía y soportó valientemente y sin envidias su presencia, aunque eso significaría para ella que la abandonase en silencio y de madrugada o que simplemente no llegara a dormir a casa algunos días.

Los que me conocen y mi familia ya saben que las tengo, y aunque algunos me lo reprochan, la mayoría lo comprende y lo soporta o algunos pocos incluso lo alientan. Ellas también me han acompañado a competencias deportivas donde con su ayuda logré premios o medallas importantes, y siempre fueron la envidia sana de los demás.

Cuando por diversos motivos no pude estar con ellas, ya sea por enfermedad, por trabajo o viajes, siempre durmieron cerca de mí o me acompañaron por lo menos en el pensamiento. Cuando viajo les traigo siempre abrigos, accesorios o algo que les guste y apenas puedo, se los pongo y salimos a estrenarlos.

Ellas son mi escopeta y mi carabina.

Y la flaca coquetona es una caña de pescar que la utilizo de vez en cuando y reemplazará pronto a la carabina.


Esta confesión se la hice a mi suegro algo más reducida una vez que andaba en Chile sin mi esposa, traté de llamar a la esposa de un gran amigo, que se llama Cristina y parece que el celular que me dieron tenía un número mal y deje dos o tres mensajes: Cristina, he llegado de Perú, quiero verte. Cristina, me quedo hasta el sábado, llámame urgente, podríamos cenar hoy. Y así por el estilo. La cosa es que parece que el celular era de “otra” Cristina y se los hizo escuchar a su marido por sabe Dios qué razones. El marido llamó al número que dejé en el mensaje y preguntó por Lucho, coincidentemente el mismo nombre de mi suegro, y el marido le dijo su vida y algo más, no lo sé. La cosa es que esa noche que volví mi suegro me estaba esperando con cara de pocos amigos para darme el mensaje de que el marido de mi “amiga” Cristina quería hablar conmigo y me contó lo de la llamada y me recomendó que tenga cuidado y etc.

Entonces y muy serio le hice “mi confesión”. Posteriormente y hace poco la puse en un correo por escrito, de donde la rescaté para “editarla”. Pero siempre mis ausencias en las reuniones familiares o de amigos, las justifiqué por las salidas con mis “amantes”.

Luis Gerardo Castillo

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