Un feo lugar para morir (
Nos levantamos del campamento del portillo a oscuras y empezamos a caminar la última subida para coronar al amanecer. Ya en los lomos y esperando despeje un poco la neblina mañanera, escuchamos el helicóptero en nuestras cabezas. Era la época del terrorismo y alguna patrulla pasó por el lugar, las alturas de Sayán, y nos terminó cagando la cacería sin saberlo. “menos mal no nos vieron”, me dijo Jorge, “¡nos hubieran metido bala!”. Cuando empezamos el campeo, veíamos los rastros de los venados dando saltos de 4 y
“
El Fifo se mataba de la risa al verme empezar a cruzar en cuatro patas, pero no se me hubiera ocurrido hacerlo de otra manera, empecé a avanzar rápido pero seguro y animando a Jorge a salir del mal paso, pero seguía mudo y petrificado. Agáchate y cruza en cuatro patas, le decía, pero nada, le faltarían dos o tres metros para salir, pero era la peor parte y estaba medio desmoronada y luego el camino, si se le puede llamar así, hacia una bajada brusca a otro lomo más ancho. Al llegar a su lado, juntó los pies y re inició la caminata, pero temblaba horriblemente y donde puso el primer paso, se desmoronaron unas piedras y se cayó de mala forma, quedando casi de cabeza, mirando al abismo del lado derecho. Simplemente atiné a abalanzarme y agarrarle los pies. Estábamos uno a cada lado del barranco y ahora si Fifo ponía cara de susto. Yo abrazándolo de las canillas y balanceando con mi peso para no dejarlo caer, pero sentía mis pies en el aire o casi y el cholo Fifo no llegaba nunca. Luego de gritarle a Fifo que también se agache y lo sacara del mal paso, en pocos segundos que los sentí como interminables minutos, logró tomarlo de los hombros, luego la cabeza y las manos y salimos, Fifo con el culo al suelo y en retroceso, Jorge agarrando al cholo de las muñecas y sin soltarlo y yo gateando al final tomando a Jorge de los tobillos. Bajé los
Nos paramos y empezamos la bajada, Fifo estaba como si nada hubiese pasado, yo revisando los pantalones a ver si me había meado o algo peor y luego de un rato ya empezaron a aparecer los rastros frescos y todo se olvidó por el resto del día. Esa tarde cacé, buscando el “retrato del león” mi primer puma, pero esa es otra historia.
Luis Gerardo Castillo

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