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Capitulo 10: Mi primer venado

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MI PRIMER VENADO (Set 1978)

Fito tenía una hermana casada con un gringo cazador y cuando avisó que venia con el esposo, Fito contrató una cacería en El Angolo con Jimmy Buchannan. El Angolo es un coto de caza, principalmente de venados, pero también hay mucho puma y sajinos o pecaríes, y de vez en cuando entran los gatos grandes, los otorongos, como nos pasó en aquella ocasión. Yo le había pasado  a Fito un artículo que leí en Caretas, donde se le veía a Jimmy acompañado de uno de los guías, con un 8 puntas muy bonito. Habló con el “Fuhrer”, como le decíamos de cariño a su padre y contratamos la cacería para los próximos días. Cuando llegó el gringo, le trajo de obsequio a su cuñado una linda escopeta perdicera y no hubo ocasión de salir a los venados o era escopetero, no lo recuerdo, pero una vez que se fueron de regreso, fijamos nueva fecha y nos preparamos.

Ya habíamos intentado un par de veces con los venados, una en la quebrada de Casuarinas, por la sierra de Huacho y otra por no se donde. Cuando volvíamos, el Fuhrer nos preguntaba “¿Y muchachos, cazaron?”, puras huellas don Rodolfo. “Huella es lo que les voy a dejar en el ojo”, nos decía burlonamente.

Fito tenía una Bronco del año 1977 y uno de los negocios familiares eran los grifos. Fuimos además con Roberto, otro compañero de colegio. El plan era irnos por tierra hasta Chiclayo, donde dejaríamos al cuñado de Fito con una mercadería para el negocio de su futura suegra y de ahí seguir hasta Piura y recoger en el aeropuerto a quien sería nuestro anfitrión y era administrador del coto: Don Federico Vásquez y su hijo Chano.

En ese momento el Angolo era administrado por el propietario actual, el Ministerio de Agricultura. Era un campo de fue de una de las familias más pudientes de Piura y con la reforma agraria de los setentas, fue, menos mal, mantenido como coto por el estado. Actualmente es parcialmente administrado por un Club de Caza, cuyos principales socios son los ex propietarios, así que aman y conocen el lugar y lo mantienen muy bien.

El vuelo como era frecuente en esos tiempos, llegó de Lima retrazado y don Fede nos encontró ya agotados por el viaje, realizado de un tirón desde Lima, subimos su cosas al auto y partimos rumbo a Sullana, compramos algunas cosas y a cazar se ha dicho.

Llegamos casi de madrugada y alcanzamos a ver algunos venados en la ruta, la casa del coto era de madera y base de cemento, con muebles austeros pero confortables, se nos asignó un dormitorio a cada uno, nos lavamos un poco y fuimos a un comedor donde ya nos tenían desayuno preparado. Como era yo quien manejaba, lo único que quería era dormir un poco y descansar, en cambio los otros, querían salir de inmediato. Cosa que a mi me pareció una locura. Por no quedarme rezagado, hice de tripas corazón y me preparé a salir después del desayuno, vinieron los guías con las mulas y luego de las presentaciones del caso, Fito saldría con el Goyo, que era el mejor guía y que yo reconocí por la foto de Caretas, Julio, un cholón alto y parco al hablar que le toco a Roberto y Lucas un gordito chabacano y de bigote ralo que me tocó a mi. Yo había llevado la Krico 22 y mi corto 35 ya deportizado pero en el calibre original 7.65 y mira de fierro. Le di la Krico a Roberto que intentaría con los chanchos y Fito tenia un Brno ZG47en 30 06, con mira de fierro.

Los guías eran todos conocedores de su oficio y estoy seguro que aburrí al pobre Lucas con todo lo que le preguntaba.

Casi serían las 7 de la mañana cuando empezamos la cabalgata con Lucas por una quebrada muy bonita y de donde tomaban el agua para la casa del coto. Cada tanto nos bajavamos de las mulas a echar una mirada a las salidas de las aguadas o a los lugares donde se dominaban mejor los faldeos. Vimos varios venados juveniles y hembras en la subida.

El Angolo esta en el bosque seco ecuatorial que predomina en el norte de nuestro país, la altura no es mucha y se considera el lugar como de costa. La vegetación es frondosa, predominando los algarrobos, ceibos y palo santos. Ese año era de sequía, pero como el anterior fue muy lluvioso, el monte seco del año anterior estaba de un color grisáceo, tal como los venados y caminar silenciosamente era imposible. Los venados nos sorprendían con sus saltos y la carrera enseñando la cola blanca en sube y baja en el medio del monte.

De pronto y siendo las 10 de la mañana aproximadamente, vimos un venado a la sombra de un arbolito en una falda como a unos doscientos metros. Lucas puso cuerpo a tierra y oculto por el monte trataba de ver con unos prismáticos del año del cuete si era macho. Estaba de perfil, echado y mirando hacia la izquierda. En unos minutos o segundos que me parecieron interminables me dio la luz verde con la mano. Si era una hembra, solo cerraba el puño, pero si era macho y tenia autorización para el disparo, era el puño con los dedos meñique y el índice levantados. Era la señal acordada. Apunté un poco alto a propósito porque tenía los tiros de práctica a 300 metros y era la regulación mínima de mi rifle, que conservaba un alza original y militar, regulable hasta los 1000 metros. El tiro fue tan alto que el venado ni se movió. ¡Yo me quería morir!, pero Lucas me tranquilizó y me hizo apuntar más abajo, apunte esta vez al filo del lomo, no sé porque pensaba que el venado estaba mas lejos de lo que realmente estaba. Inexperiencia de seguro. La cosa es que esta vez si vi el tiro que levantó polvo a escasos centímetros del venado e hizo que este se levantara de un salto. No hubo necesidad de que Lucas me dijera nada. Sabía que si no disparaba inmediatamente se me iría. Apunté al corazón y el venado dio un tremendo salto y siguió corriendo a desaparecer tras un lomo a unos metros de donde estaba. Lucas se paró y me dijo, ¡”esta herido dispara que se nos va”!, pero yo ya no lo veía. Ahí si que me desmoralicé totalmente, el venado me aguantó tres tiros parado y casi sin moverse y los tres los había fallado.

Pero no era así, Lucas me dijo que no podíamos seguirlo en ese momento y que era indispensable esperar que se echara y se debilitara. Yo no le creía y me desesperaba por salir a rastrearlo. Lucas amarrando las mulas a la sombra y juntando un poco de pasto, sin apuro y yo desesperado. Comimos algo, bebimos y partimos como a los 30 minutos del disparo. En primer lugar el lugar a donde disparé se me hizo algo más distante de lo que era por la bajada y subida al frente de donde estábamos. Luego para mí el lugar exacto era inubicable, sin embargo el Lucas me dijo y señalo claramente mis disparos, en donde se había echado mi venado y por donde había huido. Y me mostró algo que aun conservo y que en ese momento pensé que sería lo único que lograría, un palito con una gota de sangre fresca.

Lucas me dijo que él lo encontraba de todas maneras y así fue, no caminamos más de 5 metros y mi primer venado yacía muerto en el suelo. No lo podía creer, lo abrazaba a Lucas, creo que se me salieron algunas lágrimas y agarraba el venado y le miraba los cachos. Estaba indescriptiblemente feliz y contento. Fue la primera vez que estampé mi grito de “guerra”.

Regresé a las mulas y saqué de mi mochila algo que traía para la ocasión, una botella de Champagne caliente y burbujeante que me la tomé integra con Lucas. Amarramos el venado a mi montura y atravesado cabalgué hasta la casa del coto. En el camino de regreso se me levantó otro venado macho a 5 metros, pero venía tan contento que ni siquiera levanté el rifle, solo lo miré y saludé.

 

 

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Roberto tenía un sajino precioso y Fito vio algunos, pero el que yo traía era creo el primer venado que tocábamos los tres. Nos tomamos algunas fotos y abrimos unas cervezas. Pelamos el venado, que lamentablemente no lo sabían hacer bien, y oreamos la carne que junto con el sajino, Chano se encargó de cocinar en los próximos días.

Luego le di mi rifle a Robert y yo salí a cazar sajinos, pero lo único que veía eran venados y algunos muy buenos. Lo ayudaba a Lucas a traer pasto para las mulas, y leña o lo que fuera, pero ya tenía cumplida la misión. Roberto y  Fitome jodían todo el tiempo con que el venado estaba amarrado, que te aguantó tres tiros y todas las huevadas que se puedan imaginar, pero no de mala fe, pero igual jodían, cosa que llegado el último día reclamé mi rifle y salí dispuesto a tirarme un ocho puntas para taparles la boca, la verdad había visto varios.

Otro “incidente” que recuerdo, es que sabiendo algunos lugareños que andaban cazadores en el coto, vinieron a buscarnos porque un otorongo había liquidado 17 cabras en un corral y asustó a sus propietarios, era cosa de esperarlo o rastrearlo con los perros, pero con el 22 no me atreví y Roberto se quedó con mi fusil buscando los cola blanca.

EL Último día recuperé mi rifle y salimos con Lucas a buscarme un machazo, la verdad vimos algunos, pero quería realmente cazarme algo bueno. Luego de hacer varios lances donde finalmente no decidimos por ninguno, partimos como al medio día a una aguada donde Lucas tenía marcado un cachonazo. Ni bien llegamos, amarramos las mulas e hicimos el acercamiento a pie. Entramos a la quebrada cuidándonos del monte y el ruido y vimos una hembra grande que nos miraba y miraba abajo nuestro. Escuchábamos los venados peleando a escasos metros, pero no veíamos nada. Y la hembra nos miraba y los miraba a los machos. Lucas no quería ni moverse y yo les quería hacer la entrada, porque estaban distraídos y no nos sentirían, pero el guía insistía en que la hembra andaba en celo y si se espantaba los machos no los veríamos nunca.

Pasó como una media hora y empezamos a hacer el arrime y fuimos tras los rastros. Eran dos zapatones y aunque nunca los vimos, Lucas tenía a uno marcadito. Los rastreamos hasta que se hizo de noche y Lucas me dijo que debíamos volver. P7ero fue una experiencia increíblemente aleccionadora el estar con Lucas esa semana. Y algunas de sus lecciones las recuerdo al pie de la letra. No los cazamos, pero Lucas hizo todo lo necesario y si hubiera tenido un día más, estoy seguro que les tapaba la boca doblemente.

Emprendimos el regreso congelando las piernas que nos quedaban en cada lugar donde podíamos. La sal al cuero la cambiábamos todos los días, pero no fue suficiente y no lo pude disecar, pero el cuero y el cráneo los conservo y años después lo armé con otro cuero del Angolo.

La Molina 18.12 09

Luis Gerardo Castillo

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