¿Venado o Ciervo Sr. Presidente? (Lima 1986?)
Era el primer gobierno de Alan García Pérez, y un amigo del grupo estaba por casarse con la hija de uno de sus ministros de turno, y como es cazador, nos pidió lo acompañemos a buscar un par de venados para el matrimonio, eran de la partida Don Lucho, Lito, José, Mario y el que esto escribe. Decidimos ir a una quebradita de la costa norte donde habíamos dejado unos buenos rastros un mes atrás y no pudimos cazar por motivos que no recuerdo, pero si vimos mucho potencial. Pasamos por “el negrito”, un muchacho de la zona de “potreros” que era medio brujo y buen guía para los venados, pero lo estábamos sacando de su zona y eso nos preocupaba un poco, pero era muy buen rastreador y el que es cazador, caza.
Fuimos en dos camionetas y abriendo camino por el lecho del huayco, ya que las lluvias del año anterior nos habían borrado la huella y teníamos en el camino de acceso algunas zonas donde era preciso bajar todos y arreglar las pasadas. El camino era largo y sinuoso, y el tiempo estaba muy caluroso y perdimos mucho tiempo en el ingreso porque una de las camionetas sufrió un percance y la tuvimos que dejar en el trayecto. Como estas quebradas son solitarias y muy poco o nada transitadas no había ningún peligro, y el problema principal era la incomodidad y el peso para llegar en una sola camioneta.
La quebrada se dividía en dos y debíamos seguir por la más ancha hasta llegar a una zona con algo de agua y donde eventualmente había cultivos de secano. Ese sería nuestro campamento base. En el trayecto del ingreso vimos unas manadas de burros alzados enormes que huyeron por la quebrada chica y nos pareció extraño que lo hicieran en estampida. Por lo general son muy ariscos, sobre todo si uno va a pie o a caballo, pero huyeron del carro. Tengo por principio eliminar todo cimarrón que encuentro porque, y sobre todo los burros, dañan las aguadas y destruyen el hábitat de los venados grises o cola blanca. Se alimentan de una manera diferente y destructiva y ahuyentan la fauna autóctona. El comentario era que los burros habrían espantado todo y que debíamos cambiar de lugar. Como ya era muy tarde y teníamos un vehículo menos, el cambio de lugar fue descartado pronto y por el contrario, decidimos entrar y subir a las lomas más altas a fin de evitar los burros que notoriamente estaban en la parte baja de las quebradas.
Cuando llegamos al campamento, los burros tenían desastre y medio, se habían comido todo, incluyendo los frutales de los campesinos temporeros, que los habían dejado hasta sin corteza, como el lugar estaba deshabitado, incluso, en su afán por buscar agua, habían destruido la poza donde se represó el agua de los puquiales del lugar y solo se veía una mancha verde que dejaba la tierra alrededor a lo más húmeda, pero sin agua. Los burros habían escarbado y destruido la represa de piedra y cemento y eso nos complicó un poco por que nos vimos obligados a traer el agua de las aguadas más distantes de la parte alta, porque en estos lugares desérticos, sin agua la cosa se puede poner crítica en cualquier momento.
Cuando fuimos por el agua con el negrito y alguien más, me lleve mi fierro por las dudas y de subida, mientras el resto armaba el campamento, no vimos nada de rastros, aunque en realidad si vimos y muchos, pero sólo eran de los burros. No entendíamos porque los burros habían aparecido de la nada, si un mes atrás que fuimos a explorar con don Lucho no habíamos encontrado ninguno, salvo un poco de guano por aquí y por allá, pero burros, ni la sombra. Estábamos quedando mal con el novio y el siguiente fin de semana era la boda, escaparnos a media semana no era imposible, pero si muy difícil para todos. Cuando llegamos a la aguada encontramos un campamento de un pararino, estaba su caballo y sus cosas, pero no vimos gente, sin embargo y al rato de vernos juntando agua, se apareció de la nada y se acercó a hablar con nosotros, tenía como acompañante a un perro tan flaco que parecía que se iba a morir o se lo llevaría un ventarrón, era blanco, pero tenía dos manchas negras en los ojos que le daban un aspecto muy simpático y aparentaba tener unos lentes de sol. Era tranquilo y ni siquiera ladraba, pero cuando nos acompaño a la cacería notamos que se compenetraba muy bien con su amo y entre ambos se entendían a la perfección, y sacó a relucir un carácter que nadie se lo hubiera imaginado. La cosa es que el pararino que se llamaba Simeón nos dio una explicación a lo sucedido, en primer lugar nos contó que se había escondido de nosotros porque no nos conocía y no sabía quiénes éramos y que muy pronto llegarían mas comuneros de la localidad de Pararín, porque estaban en faena comunal, y la faena no era otra que el arreo de burros. Resulta que es uno de los principales ingredientes de la famosa salchicha huachana y el presidente de la comunidad, entre sus funciones tiene la de hacer el rodeo anual y la venta de los burros a las fabricas de embutidos de Huacho. No sé si esto sea legal, pero creo que una vez lo pregunté y me dijeron que si lo era. Toda la peonada por lo tanto venia votando burros desde el pueblo hacia la quebrada, a donde llegaría esa misma tarde a tratar de encerrar la mayor cantidad de burros posible en unos corrales trampa, por los que habíamos pasado sin siquiera darnos cuenta, eran una especie de embudos construidos con las ramas de guarangos y con cualquier monte de la zona, levantados en partes estratégicas de la quebrada de tal manera que cuando los animales entraban, era muy fácil mantener el encierro entre dos o tres personas. De esta manera los mantenían acorralados hasta que llegaban los camiones de Huacho y los recogían para llevarlos al matadero. Todos los años, por lo que nos contaron, vendían así entre 100 y 150 burros, el resto o los liberaban o se llevaban algunos para amansarlos y trabajar con ellos como bestias de carga en las minas de la zona, en la agricultura o simplemente para su venta. Esa era la muy mala noticia, pues la gente y los burros nos “movieron” todo el cerro, cazar en esas condiciones era imposible.
La buena noticia que Simeón nos dio, era que tenía vistos unos venados en un lugar no muy lejos de donde nos encontrábamos y que quedaban fuera de la zona disturbada por el rodeo y la gente. Tratamos por todos los medios de que nos acompañe, pero su responsabilidad con la faena era una de las más importantes y no sería posible, pero insistía en que lleváramos al “Ciego”, su fiel compañero. Y le puso de nombre Ciego, no porque lo fuera, sino porque las manchas de la piel eran tan negras y tan simétricas que ni siquiera se le veían los ojos y realmente parecían unos lentes de ciego.
Regresamos con el agua y las malas y buenas noticias al campamento y nos dispusimos a planear la estrategia. El almuerzo ya estaba listo y las carpas armadas. El negrito sin almorzar se apartó a bolear un rato y ver que le decía el sabor de la coca. Se prendió un cigarro de tabaco negro y sin filtro y fumando cuidadosamente observaba las cenizas y la dirección del humo. Todo lo iba interpretando, leyendo, transmitiendo. Se paraba, se volvía a sentar a la sombra de un guarango añoso y se metía más coca o cal a la boca, prendiendo poco después otro cigarro. Se sacaba las venitas de las hojas y las miraba, metía la mano a la bolsa, decía algo y sacaba otro puñado, lo soltaba poco a poco y lo volvía a levantar. Cuando ya estaba listo, ponía la ceniza del cigarro en la palma de la mano, cerraba el puño, lo abría nuevamente y soplando, estudiaba las manchas en la palma de la mano. Las traducía como si lo estuviera leyendo o viendo en tv: “Si hay va a haber, pero si no hay, no va a haber. Hoy no vamos a cazar, pero vamos a ver. No hay tiro.” Y volteándose a mirarme me dijo, Pichón (era como me llamaba Don Lucho, “Pichón de elefante”), tu vas a ver un ángel”. Mira negro brujo, si yo veo un ángel, le voy a meter plomo y nos lo comemos en el matrimonio de mi compadre Mario. “No va a haber tiro” y se fue a almorzar serio y tranquilo. ¿Qué me quiso decir con lo de “vas a ver un ángel”?, lo supe después esa misma tarde.
Salimos a buscar los venados de Simeón en la quebrada chica, para lo cual debíamos entrar por un zanjón, algo más arriba de donde estábamos coronar y bajar hacia la zanja más ancha de la otra quebrada. En realidad era una quebrada más amplia que la otra donde armamos el campamento, pero no tenía aguadas o puquiales, aunque si algo de vegetación y pitajayas. Llegamos al lugar indicado por Simeón y nos ubicamos inmediatamente, los venados estaban en un pequeño bosquecito, por decirlo de alguna manera, de gigantones muy tupidos y altos. Era solo una mancha como de unos 150 por
Todos vimos venados y yo vi mi ángel, ¡negro brujo carajo!
Al regresar al campamento nos estaba esperando el presidente de la comunidad de Pararín, son dueños de esas tierras por cédula Real firmada por Carlos Tercero y que conservan en original en su local comunal. Pensamos que nos harían problemas, pero lo que querían era invitarnos a su campamento. Tenían problemas con los burros ya cancelados y que no tenían para entregar, ya que se les habían colado y se salieron del cerco. Nos pidieron una ayuda y esta consistía en asegurar la carga, o sea, meterles bala a los burros y así completar la entrega. Nos invitaron a cazar a otros lugares mejores y realmente fueron muy hospitalarios. Tenían música, trago y comida y nos hicieron pasar un rato muy agradable y nos dio pena tener que dejarlos con su celebración. Quedamos en ayudarlos, luego de que ellos nos ayuden a cazar los venados para el compromiso y nos cedieron a Simeón para la mañana siguiente.
Nos fuimos al sobre y el negrito se puso a chacchar de nuevo y fumar sus “Inca”, le pregunte si su coca estaba dulce y me respondió: “Si hay va a haber, pero si no hay, no va a haber. Tú vas a cazar y Mario va a cazar. Mario dos tiros, tu 10 tiros o más. El de Mario es cachudo”. Yo no cazo hembras brujo de mierda, ¿cómo sabes que es macho?, ¿le ves el cacho cojudo? Y el negro inmutable me explicaba en donde veía él los cachos y me señalaba la ceniza del cigarro con una parte del papelito levantada y eso eran los cachos. Prendía otro y escuchaba los tiros acercándose el cigarro al oído luego de dar una fuerte pitada y me lo acercaba a mí y me decía, ¿”escuchas como revientan los tiros?, son dos”, afirmaba, pero yo, la verdad, no escuchaba ni mierda, pero en la ceniza si se puede decir que se veía algo. La cosa es que el negrito era acertado en sus predicciones y esa mañana, por si acaso, metí una caja de balas adicional y pensé, hoy me toca tiroteo…
El desayuno estaba listo a las 5 y salimos aún oscuro y avanzamos al lugar del día anterior todos en silencio, hicimos lo mismo, solo que esta vez Simeón con el ciego se metieron al medio de todos, yo en mi balcón y el negrito y Mario en el punto del escape. Empezó la faena y los venados empezaron a moverse igual que el día anterior, solo que esta vez el ciego les marcaba el paso y no los dejaba tranquilos, corría de un lado al otro y los iba sacando al otro extremo. Los venados no querían salir al limpio ni cagando y sospechaban el peligro, pero de un momento a otro y como si se hubieran puesto de acuerdo, salieron todos al mismo tiempo y dando brincos le pasaron al pobre Mario sin que pudiera ubicar al macho y a menos de
Nos tomamos unas fotos y salieron al campamento de regreso, pero yo me quedé con el negrito y Simeón para hacer una peinadita quebrada abajo con el ciego. Los muchachos recogerían las cosas y el carro y me encontrarían en el punto de confluencia de las dos quebradas. Era hasta ese punto que llegarían los camiones a recoger los burros. Teníamos por lo menos dos horas andando y solo vimos una hembra con cría al pie y nada más. La estuvimos mirando un rato a ver si nos delataba la posición del macho, pero nada, venia saliendo sola.
De pronto el ciego se plantó en seco y empezamos a escuchar como si cayera un huayco, pero obviamente no era eso. Una tropa de burros venia subiendo espantada por el ruido del carro y votando polvo como si fuera la chimenea de un vapor. El Simeón me dijo que los tumbara, ¿Cuántos quieres?, le pregunté, “todos si puede patrón”, me respondió. Así que buscamos posición un poco más elevada en el borde de la quebrada y viendo por donde accederían los camiones, me posicioné en una roca dominando una pequeña explanada como a unos
Saqué las balas core lock y dejé la caja al costado mío, cuando pasó el primero lo apunté alucinando que era una cebra o algo así, le puse el pelo al filo del pecho y solté el tiro sin apoyo. El burro chupó el tiro, se paró y dobló las patas. Pasé bala y solté igualmente el segundo tiro y sólo le rompí la pata, recargo rápidamente y aseguro. Cada vez eran más y más rápido, así que me tranquilicé un poco y apunté mejor y cayó el tercero y el cuarto casi juntos. Recargo 5 pepas más y sigo con el quinto, que le rompí el cuello, seguían pasando y la tropa ya terminaba, metí dos tiros más y fallé uno limpio y otro quedo con el pescuezo levantado, lo remato y recargo. Alcanzo a tumbarme uno más y se acabó la fiesta. El resto siguieron en dirección a los gigantones y sin ganas de mirar para atrás. El cañón de mi Steyr hervía y el corazón se me salía por la boca. Sólo fueron unos segundos, pero muy intensos y di mi grito de “guerra”.
Yo soy conciente que esto no es ninguna proeza y desde ahí y solo por joder, los amigos me pusieron “mata burro”, igual para mi fue un lance muy emocionante.
¡A la mierda!, la adrenalina la sentía hasta en la saliva, el negrito con los ojos desorbitados recogía mis casquillos y el Simeón y el Ciego, felices y sonrientes dándome palmaditas uno y moviéndome la cola el otro. Tenía 7 burros y había soltado 10 tiros, el negro tenía pacto con el diablo o no sé qué chucha, pero la precisión de sus predicciones, a veces asustaba, otras te agarraba para el hueveo y no sabias si mentía o no, creo que lo hacía cuando no veía nada o algo así, no era muy frecuente, pero a veces lo hacía. ¿Así que sin cachos negro no?
De pronto el ciego miraba fijamente y cuando volteo a ver, era un pollino asustado como a
Con las cosas ya en la camioneta, acomodamos mi carne y el rifle y emprendimos la salida, mientras descansábamos un rato y comíamos un ceviche y unas cervezas en la playa de Barranca, el negrito se llevó un mecánico a ver la otra camioneta. Solapadamente saqué uno de los lomos y lo mandé a preparar “al jugo” sin decirle nada a nadie, el lomo al jugo es como un lomo saltado, pero sin papa, solo cebolla, tomate, ají, etc. Al rato llegó y se lo devoraron, “¡que rico, ¿quién pidió esto?, Sra. Otro igual!”, disimuladamente le guiñé el ojo y me paré a traer el otro lomo. La verdad quedó sensacional, era carne tierna, burrito de “leche” y estaba fresquísimo. Normalmente nos soplamos los lomos de los venados, pero como eran para el matrimonio, ahí quedó enterito. Nadie creyó cuando les dije que se acababan de comer el burro y todos coincidimos en que había quedado simplemente espectacular.
Cuando llegamos a Lima, Mario me pidió una pierna y se la di sin ningún problema y le hubiera dado las dos sin ninguna objeción, pero titubeó por lo que era, luego se arrepintió mucho, por que también quedo muy buena.
Con la otra yo preparé una feroz parrillada en casa de mi cuñado, e incluso invitamos a mis viejos y por supuesto, si les decía lo que era no lo hubieran comido por ningún motivo, así que les apliqué la misma técnica que con los lomos a los cazadores.
Pero aquí viene lo anecdótico y la razón del título de este cuento, la pierna del burro (de ahora en adelante “ciervo”) y el venado entero, le fueron entregados a un banquetero famoso para prepararlas para el magno evento, al cual estaba invitado y nada menos que como testigo, el Presidente Constitucional de
Por supuesto que quedó muy bueno y salvo esa anécdota, ahora con el tiempo puedo decir que le hicimos comer burro a un presidente.
San Isidro 10 y 11.12.09
Luis Gerardo Castillo

escrito por Jose Luis Rivera Medina , marzo 06, 2010
escrito por Luis Gerardo , marzo 07, 2010
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