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Capitulo 22: Los Venados de "La Mina"

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LOS VENADOS DE “LA MINA

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Salimos en esta ocasión Josecito y el loco Hugo con el borracho de Virgilio, un cholo de la zona, buen guía, pero aficionado al trago y ésta fue su perdición. El viaje lo hicimos a una zona que le decíamos “la mina” donde había un campamento de exploración minera que nos era ofrecido por el ingeniero superintendente del mismo para descansar y pernoctar. Esto pertenece al departamento de Huancavelica y se accede por las quebradas de Ica, tomando la trocha de la localidad de Córdova. La cosa es que los policías de resguardo del polvorín de la mina, habían casi exterminado los venados de la zona y nos vimos obligados a seguir un poco en la camioneta y cambiar a una comarca algo menos trajinada. 

Logramos ubicar una cabaña de unos pastores, donde pasaríamos la noche y encontramos unos niños del lugar que nos indicaron donde podíamos encontrar algunos venados. José partió con Virgilio y el loco con el dueño de casa, quedándome yo solo con los dos chibolos que no tenían uno más de 10 años y el otro unos 7 u 8. José algo de rastros encontró y el único que vio un venado bueno fue el loco Hugo, pero muy tarde para poder hacerle una entrada. Yo decidí bajar al día siguiente a unos zanjones donde mis pequeños guías habían visto hacía unas semanas algún venado bueno y los demás, repetirían el plan del día anterior.

Cuando llegué al fondo de la quebrada, una necesidad fisiológica me hizo distraerme y dejé a los guías solos por un momento, cuando regresaba al lugar, los encontré agachados y observando. Tenían chequeado a un venado en la misma falda donde nos encontrábamos y que yo no llegué a ver. Pero era macho, así que decidí ganarle el sol y caminé rodeando el zanjón para salir al frente y con el sol a la espalda. Cuando ya lo buscábamos vimos que el menor de los hermanos nos hacía señas como para volver, así que lo mandé al mayorcito de regreso a averiguar lo que pasaba y yo me quedé observando y buscando el venado con mis prismáticos. Cuando llegó el otro al lado de su hermano hizo lo mismo y empezó a llamarme desesperadamente con señas, así que supuse lo habían encontrado y lo tenían a la vista. Regresé lo andado a duras penas y cuando llegué a su lado me lo señalaron. Yo veía lo que parecía ser un tocón de un árbol seco y no encontraba el venado por ninguna parte, pero cuando le puse la mira movió una oreja y volteó la cabeza hacia nosotros. Nos había sentido o visto y no quedaba mucho tiempo. Me acomodé tras unos montes y en mi posición de “sentado” le apunté, le puse el “pelo” a mi Brno y le solté el tiro que le cayó en el cachete y lo dejó en el sitio. Ni siquiera se veía.

Pero eso no fue todo, al momento corrieron como cinco o seis venados en todas direcciones y había uno que resaltaba en el grupo, pero los chicos se pusieron como locos y se pararon y gritaban y señalaban los venados, a mi el corazón se me salía por la boca y el venadazo no corría, iba al trote, era un viejo macho cacho blanco, que lo seguí un poco con la mira y le solté un tiro que le rozó el lomo y lo tumbó. Los chicos se peleaban por recoger los casquillos de mis tiros y no se fijaban en los venados, que para mí era lo primordial de su compañía, ya que en esto, los lugareños son mucho más ubicados que uno. Poner orden y mantenerlos callados y escondidos se convirtió en mi prioridad y creo que eso fue lo que me hizo fallar los tiros de remate.

Luego vi otro macho más pequeño, como de seis puntas y un par de hembras con cría. Los dejé pasar y me dispuse a recuperar mis dos venados, cuando en eso, el cacho blanco se paró y tambaleándose empezó a caminar tratando de aventarse o dirigiéndose a un barranco donde de seguro lo perdería. Se le veía claramente en el lomo una gran herida. Le puse la cruz y le solté hasta tres tiros más sin darle.  Recargué sólo una bala más, me concentré en no fallarlo y ahora si lo dejé en el sitio. Metí mi grito de guerra y dejé al menor de los muchachos para que no le quitara los ojos de encima y me guiara hacia el monte donde lo había tumbado por segunda vez. Los resondré y les expliqué a los chicos lo que hicieron mal. Miré el reloj y eran las 7.30 de la mañana.

Bajamos con el mayor, encontramos en el pasto seco el primero de los venados que resultó un seis puntas, cacho oscuro muy bonito y largo, con una de las luchadoras quebrada por alguna pelea, tenía un tiro que le atravesó la cabeza y le partió el lomo, eso explicaba su tan rápida desaparición. Lo puse en un lugar fuera del monte más a la vista y partimos por el segundo, el más grande. Lo buscamos como medía hora sin resultados y volví hasta cortar los rastros y encontré el lugar donde se había caído con el primer tiro. Había un buen rastro de sangre y pelos por los lugares y montes por donde había pasado. Nuestro pequeño guía nos indicaba el lugar, pero no lo encontrábamos y me pegué al rastro que era claro, lo seguí por unos minutos y lo encontré metido en unos montes ya muerto. Lo jalé de las patas y llamé al muchacho que me acompañaba para que me ayudara con el rifle, miré la hora y eran las 8.30. Miré para arriba y sólo atiné a persignarme y encomendarme a Dios para que vinieran en mi ayuda. Este venado estaba notoriamente mejor, era un ocho puntas muy simétrico y abierto, blanco de cacho y casi sin dientes de puro viejo. El primer tiro le había rozado el lomo, levantándole una sección del cuero y que se veía claramente cuando intentaba rematarlo, era una herida enorme, pero superficial. El segundo tiro lo pasó de lado a lado, entrando por las verijas y saliéndole por el brazuelo. Lo tomé de los cachos y lo fui arrastrando a duras penas hasta donde teníamos el primero, saqué algunas fotos y me di cuenta de que estaba perdido. Mis ayudantes no eran capaces de “ayudar” en lo que quedaba de tarea, así que lo mandé al menor de regreso solo y por ayuda y al mayorcito le encargué mi rifle. Poco a poco fui subiendo con los venados, uno por uno hasta el lugar de donde disparé. Recogía uno primero y donde me cansaba lo ponía en una sombra y lo dejaba al muchacho para que me guiara donde estaba el del lado de abajo, y así hasta que llegamos al lomo.

Tomé un poco de agua y comí algo y reinicié la cargada hasta otro punto donde habían unos árboles, cuando regresé por el segundo lo encontré al hermano menor que estaba solo y sin haber podido conseguir ayuda. No había gente, burros ni nada ni nadie que nos pudiera ayudar y ellos aunque lo intentaron, no eran capaces entre los dos de cargar un solo venado. Ni modo y a joderse la espalda por unos meses, ya me había pasado antes. El sol a plomo y sofocante, casi sin agua y con cuatro o más horas por delante, cargando solo y en subida.

Eran las 2.30 de la tarde cuando divisé la cabaña donde dormimos la noche anterior, cuando llegamos, estaba muerto de cansancio y de dolor, y supuse que a los otros les había ido mal, ya que no habían vuelto y era la hora de partida. Comí y bebí algo, escondí el venado grande en la otra habitación y el chico lo puse de almohada, pero tapándole los cachos, me recosté y me quedé dormido hasta que volvieron. Esto fue como a las 6 de la tarde y José venia renegando con Hugo por no sé que churchil. Lo habían dejado cuidando un venado cazado por José y sólo venían a buscarme a mí y el auto para emprender el regreso a Lima, le dije a Virgilio que sacara la hembrita que había cazado y José me felicitó, ¿”Cómo que hembrita pendejo?, si esta más grande que la cagada que me he cazado yo”, me dijo. Es que no has visto el macho… y le dije a Virgilio que lo trajera de donde estaba escondido. Felicitaciones y abrazos, le conté algo de mis penurias y el lance a José y partimos a buscarlo a Hugo. En el camino subimos el venado que faltaba y de regreso a dormir a Ica y luego a Lima. Eran tres venados y yo me hice un sufrido, pero bonito doblete que me jodió una antigua lesión a la columna, producida de tanto cargar venados. No es por nada, pero me gusta cargar mis venados hasta sacarlos del monte o subirlos a una acémila o llegar a mi campamento. No es raro encontrar más venados después del primer tiro, pero nunca les disparo si no es realmente más grande que el primero y este lo era. Lo otro de este cuento que quiero resaltar es el tema de las horas, muchas veces uno resuelve el lance temprano, pero es ahí donde realmente empieza la parte más difícil de la cacería, como es volver con tu presa al campamento o al auto. En este caso y desde las 7.30 de la mañana que aparentemente tenía la cacería resuelta, pasaron siete horas más de penurias para regresar a mi “base”. 

Luis Gerardo Castillo

 

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